La relación entre Europa y América Latina y el Caribe no puede explicarse sin introducir un tema de contexto que se refiere a la forma como se va construyendo el orden internacional contemporáneo. Para poder dar cuenta de este fenómeno, muy esquemáticamente, podemos aludir a una visión convencional y clásica, aquella que prioriza identificar la distribución de capacidades de las fuentes del poder internacional: recursos económicos, de defensa o políticos; podemos también evocar la imagen de aquello que se ha definido como globalización e interdependencia, sobre todo al proceso de interacción mundial en los planos productivos, financieros o de mercados; y también a la imagen de reordenamiento internacional que visualiza un proceso global caracterizado por la dispersión de recursos políticos  a lo largo del planeta, así como los límites, cada vez más acentuados, de las capacidades hegemónicas que los estados nacionales tuvieron en los siglos XIX y XX: la imagen de No one’s World (Kupchan, 2014)[1].

Si la imagen convencional que mira al orden internacional como un escenario de distribución asimétrica de capacidades, es el lente con que observamos la relación Euro- Latinoamericana y Caribeña, entonces la visión “racional” en términos estratégicos, implicaría la necesidad de visualizar una asociación interregional que pueda moderar las implicaciones de la competencia global entre los Estados Unidos y la China. Un mundo bipolar, aunque sea sólo en términos económicos, sería inconveniente para los intereses de los países al Sur del Río Grande y también para Europa. La Guerra Fría, al menos para América Latina y el Caribe, por ejemplo, limitó sus posibilidades de desarrollo y afectó dramáticamente el desarrollo de las instituciones democráticas y el ejercicio de libertades mínimas en los países de la región.

La caracterización del mundo como un campo de disputa de potencias hegemónicas oculta la presencia de sociedades en donde viven dos terceras partes de la población mundial y perpetúa, en la imagen internacional, la idea de irrelevancia de sus naciones. La distribución de capacidades militares y económicas en el orden internacional, que es el centro de este tipo de aproximaciones, por otra parte, no permite integrar en el análisis la complejidad de dinámicas sociales que constituyen los escenarios precisamente de aquellas naciones que son identificadas como “centrales”. La agenda común de Europa, América Latina y el Caribe, que es muy intensa, y que en temas como intercambio económico, movilidad humana e intercambio de conocimiento perfila el desarrollo actual de sus sociedades, simplemente no puede ser sumida por esta visión del orden internacional. Aún así, esta percepción caracterizaría como vital para los países de las dos regiones su acercamiento para proyectarse en un orden internacional que se reconfigura y deja atrás las jerarquías construidas luego de la Segunda Guerra Mundial.

Una segunda imagen, la de la globalización como característica del sistema internacional actual, que políticamente se ha expresado en la pulsión por lógicas de apertura económica de las sociedades nacionales hacia los mercados mundiales, en el caso de América Latina y el Caribe, implicó la modificación de los modelos de desarrollo que buscaban autonomía productiva, generados en las décadas de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado. La inserción de la mayoría de países de la región en la globalización supuso la búsqueda de ventajas comparativas en la exportación de bienes primarios y de servicios como el turismo. La matriz productiva de esos países se concentró en la exportación. Los casos de éxito o fracaso fueron heterogéneos, pero las vulnerabilidades fueron comunes. La crisis financiera del año 2008 puso fin a un pequeño ciclo de crecimiento sobre todo de las economías sudamericanas, y la contracción de los mercados internacionales, intensificada por la Pandemia de los años 20 y 21 del siglo XXI revirtió todas las dinámicas de expansión y neutralización de la pobreza de la primera década. Estos dos fenómenos han puesto en evidencia la vulnerabilidad de las economías latinoamericanas y caribeñas en el contexto global. Las consecuencias en términos de indicadores sociales, sobre todo aquellos que se refieren a igualdad social, equidad y acceso, así como pobreza, son muy fuertes, en comparación con otras regiones del mundo.

La idea de globalización para describir el orden internacional, y en él las relaciones entre América Latina, el Caribe y Europa, convoca la idea de interdependencias para dar cuenta del tipo de interacciones que se establecen entre sociedades y naciones. Este tipo de interdependencia normalmente no es simétrica, pues no existen sociedades idénticas en recursos y generalmente es siempre compleja, puesto que más de un tema caracteriza esas relaciones. Las asimetrías en la relación de las dos regiones, sin embargo, tienen una serie de mediaciones que morigeran su impacto sobre todo en América Latina y el Caribe. Podríamos mencionar tres condiciones.

En primer lugar la agenda euro-latinoamericana y caribeña nunca posicionó los temas de defensa y “seguridad nacional” como centrales entre sus prioridades; esta prescindencia más bien fue reemplazada, en el discurso, por el énfasis en los temas de democracia y cohesión social, que permitieron el protagonismo, en lógica positiva, de  varios países de la Unión Europea, en las transiciones desde los autoritarismos militares a gobiernos de legitimidad electoral en Sudamérica, y el despliegue de los procesos de pacificación que pusieron fin a las guerras civiles centroamericanas. En segundo lugar, el repertorio de políticas y fondos para cooperación internacional de la Unión Europea y de varios de sus países fueron, y en algunos casos siguen siendo, muy importantes para contener escenarios de pobreza extrema y de pobreza en la región. La proyección de la política exterior europea se ha levantado en forma explícita alrededor de la cooperación al desarrollo, de apoyo a políticas de cohesión social y de medio ambiente limpio, y de diálogo político en situaciones de crisis. Ésta es una agenda que todavía caracteriza la relación con América Latina y el Caribe en los documentos de la Unión. Y en tercer lugar el alto nivel de inversión directa de los países y empresas europeas en la región mantiene una presencia viva e importante en los asuntos económicos. El instrumento más usual de la relación han sido los acuerdos de asociación con cuerpos subregionales de integración o con países en lógica bilateral.

Lo anterior no quiere decir, sin embargo, que las relaciones birregionales no tengan todavía muchos temas por resolver con visiones diversas, sobre todo en términos de las dinámicas de protección comercial o propiedad intelectual que se despliegan en ambas regiones, pero la idea que esta forma de ver la sociedad internacional plantea, es que ha existido un proceso de construcción de normatividad y de relaciones generalmente armónicas que moderan la asimetría, sobre todo, si se compara a las relaciones de los países de América Latina y el Caribe con otras presencias extra regionales importantes en la economía y la política de la región.

Una tercera imagen del orden internacional, la del “mundo de nadie”, que supone la dilución paulatina de los centros de gravedad e influencia que caracterizaron a la modernidad desde el surgimiento del sistema internacional, y que implica que las tendencias que se advierten con la emergencia de las economías del mundo indo pacífico y de Eurasia son, de alguna manera, irreversibles en el futuro previsible colocaría la relación entre Europa, América Latina y el Caribe en la necesidad de la reafirmación de los temas en común que identifican sus afinidades históricas, como punto de afirmación de su propia relevancia en el nuevo sistema internacional. Más allá de las complementariedades económicas que se expresan en una infinidad de relaciones comerciales bilaterales y regionales en los dos lados del Océano, hay concepciones comunes birregionales que fundamentan la legitimidad de las sociedades nacionales: democracia (y democratización social) como orden político deseable, vigencia de un régimen estable que garantice los derechos humanos, o multilateralismo como instrumento de relacionamiento internacional, por ejemplo.

Si el mundo del futuro inmediato va a ser diverso, plural, y fragmentado en términos de los regímenes económicos, de los centros de poder y de los modelos societales, entonces el encuentro entre las dos regiones, cuyas afinidades entre sí son mucho mayores que las que pudieran existir con otras, construiría una base de intereses materiales y simbólicos que en el mediano y largo plazo afianzarían su presencia global, en una lógica más potente que la de la búsqueda de  bloques de poder hegemónico que caracterizaron la política internacional en los dos siglos precedentes.

[1] Charles Kupchan (2012, No One´s World. The West, the Rising Rest, and the Coming Global Turn, Oxford University Press), plantea que el orden internacional en transformación se caracteriza por la dispersión del poder de los actores internacionales, entre ellos, los estados, antes que por una transición que observa como una potencia cede el poder a otra, como el la Modernidad de los siglos XIX, o XX . Son modernidades múltiples antes que distribuciones bi-polares o multipolares de poder los procesos que caracterizarían al sistema internacional.

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